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Pareja madura en suite de hotel con champagne y luz dorada

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El acuerdo del aniversario

Por nuestros diez años decidimos hacer algo distinto. Lo planeamos durante semanas. Lo que no calculamos fue cómo nos cambiaría a la mañana siguiente.

+18 · Lectura adulta

Diez años. Nos casamos un sábado de junio en un cortijo cerca de Antequera con cuarenta invitados y una banda de blues que tocó hasta las cuatro. La idea de celebrar los diez años por todo lo alto la tuvo ella en enero. La idea de hacerlo distinto la tuve yo en febrero. La idea de combinarlo y hacer un acuerdo serio la tuvimos los dos en marzo, después de un par de conversaciones largas en la cocina, cuando los niños ya dormían.

El acuerdo era sencillo en el papel. Reservábamos una suite en un hotel del centro de Madrid el viernes anterior al aniversario oficial. Llegábamos por separado, cada uno con sus cosas. Pasada la cena, durante esa noche, podíamos pedirle al otro lo que llevábamos diez años queriendo pedir y nunca habíamos pedido. Lo que fuera. Sin filtro. Sin penalización. Sin que se usara nunca en una discusión futura.

La regla principal era una: cada uno tenía derecho a vetar una sola petición sin dar explicaciones. Una.

Lo planeamos durante tres semanas. Hablamos del acuerdo en coches, en paseos, en pausas mientras lavábamos los platos. No siempre fueron conversaciones cómodas. Hubo dos noches en las que casi lo cancelamos. Hubo una mañana en la que ella me dijo me da miedo lo que me vas a pedir tú, y yo le dije que a mí también. Pero en ningún momento dijimos vamos a dejar de hacer esto.

Llegó el viernes. Yo entré primero, sobre las siete. Pedí que me subieran una botella de cava y dos copas, deshice la maleta y me puse una camisa que ella me había regalado en Reyes y que yo casi nunca me ponía. La suite tenía una cama enorme en mitad de la habitación y un sofá junto a la ventana, con vistas a la Castellana iluminada.

Ella entró a las ocho y media. Llevaba un vestido negro que yo no le había visto. Se había maquillado distinto. Olía a un perfume que no era el suyo de siempre. Lo había hecho a propósito. Quería que esa noche fuera con una mujer un poco distinta.

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Cenamos en la habitación. Una cena ligera, con champán y mucha conversación. No sacamos el acuerdo hasta el postre. Cuando lo sacamos, lo hicimos despacio. Ella empezó. Me pidió tres cosas. Las dos primeras eran cosas pequeñas, casi tontas, que llevaba una década sin atreverse a pedir por vergüenza. La tercera era más grande. La pensé un segundo. Le dije que sí.

Después me tocó a mí. Le pedí dos cosas. La primera la sorprendió. La segunda no. La primera era una fantasía concreta con un escenario muy preciso. Le había dado vueltas durante años y nunca se la había contado por miedo a que se burlara. No se burló. Me escuchó hasta el final, cogió aire y me dijo de acuerdo, pero a mi manera.

La segunda fue una pregunta más que una petición. Le pregunté si alguna vez había deseado a otra persona desde que estábamos juntos. Me dijo la verdad. Tres nombres. Uno de los tres me lo esperaba. Los otros dos no. La conversación que siguió duró una hora.

Lo que pasó esa noche en la suite no lo cuento entero porque cabe poco en un texto. Lo que sí cuento es que a las cinco de la madrugada estábamos sentados desnudos en el sofá de la ventana, mirando la Castellana sin coches, comiendo galletas del minibar y riéndonos como si tuviéramos veintidós años en lugar de treinta y nueve.

A la mañana siguiente desayunamos en la cama. Ninguno de los dos fue capaz de hablar del acuerdo en voz alta hasta el café. Cuando lo hablamos, lo hicimos entre frases sueltas. ¿Lo vetarías? No. ¿Te lo guardas? Para siempre. ¿Volveríamos? Silencio largo. Y un sí en voz baja.

Volvimos a casa el sábado a la hora de comer. Los niños estaban con sus abuelos. La casa olía a domingo. Nada en su superficie había cambiado. Por dentro, todo. Llevamos siete meses así. Cada tantas semanas alguno de los dos se acuerda de algo que dijimos esa noche y la mira de otra manera. Eso, que no se ve, ha sido el cambio.


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