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Mujer madura elegante en oficina con luz baja, vista parcial

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Sado / BDSM

La jefa y las tres reglas

Me dijo que si quería seguir trabajando con ella había tres reglas. Las dos primeras tenían que ver con el trabajo. La tercera no.

+18 · Lectura adulta

Elena llegó a la empresa en septiembre. Cuarenta y dos años, divorciada, ascendida desde otra delegación. Era la nueva directora de mi área. Lo primero que me dijo, sin presentarse, fue tú vas a ser quien me lleve la mitad del peso este año. Conviene que te conozca bien.

La conocí bien antes de lo que esperaba. La segunda semana de octubre me citó a una reunión a las siete y media de la tarde, en su despacho, con el resto de la oficina ya vacía. Pensé que era para repasar el plan trimestral. Llegué con las hojas impresas y el portátil bajo el brazo.

Me hizo entrar y me señaló la silla de delante de su mesa. No la de las reuniones cortas: la otra, la de las conversaciones largas. Cerró la puerta. Apagó la luz cenital y dejó solo la lámpara de la mesa. La oficina entera por detrás del cristal era un océano de sombras.

No vamos a hablar del trimestre, dijo. Vamos a hablar de cómo vas a trabajar conmigo.

Se sentó frente a mí, no detrás de su mesa. Cruzó las piernas. La falda era negra, recta, hasta la rodilla. Llevaba la blusa desabrochada un botón más de lo que llevaba por la mañana. Lo recuerdo porque me fijé.

Te voy a poner tres reglas, dijo. Las dos primeras tienen que ver con el trabajo. La tercera no.

La primera regla fue de horarios. Los lunes y los miércoles me quedaba con ella hasta las ocho. La segunda fue de información: todo lo que pasara con clientes lo sabía ella antes que nadie. Asentí con las dos. Eran reglas duras pero eran reglas.

Hizo una pausa larga antes de la tercera. Me miró fijo. Cogió un bolígrafo del despachito y lo dejó en el borde de la mesa, casi tocando mi mano.

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La tercera regla fue lenta. Me dijo que dentro de aquel despacho, a partir de las ocho, fuera de horario, ella mandaba. No como jefa. Como otra cosa. Que si yo aceptaba esa regla las cosas iban a funcionar. Que si no aceptaba, también, pero entonces solo iban a funcionar las dos primeras reglas y ya está.

Me preguntó si entendía lo que me estaba diciendo. Le dije que sí. Me preguntó si quería pensarlo. Le dije que no. Me preguntó por qué.

Le contesté la verdad: que llevaba dos semanas pensando en eso desde que me había mirado el primer día. Sonrió de medio lado. No fue una sonrisa amable. Fue otra cosa.

Se levantó. Rodeó la silla y se quedó detrás de mí. No me tocó. Solo apoyó las dos manos en el respaldo, una a cada lado de mis hombros. Bien, dijo. Entonces vamos a empezar ahora.

Lo que pasó esa noche en el despacho cabe en quince minutos contados. No hubo ropa fuera. No hubo nada que mañana yo no pudiera mirar a la cara. Hubo voz. Hubo silencios largos. Hubo dos órdenes muy concretas que me pidió ejecutar y una pregunta al final, hecha en voz muy baja, junto a mi oído, que me obligó a contestar algo que llevaba años sin contestar a nadie.

Salí del despacho a las nueve menos veinte. La oficina seguía vacía. En el ascensor de bajada me miré en el espejo y no reconocí del todo la cara que vi. Estaba relajado de una forma rara. Como si me hubieran sacado un peso del pecho que llevaba encima sin saberlo.

Al día siguiente, lunes a las nueve, ella entró en mi sala como si no hubiera pasado nada. Me dijo buenos días. Me pidió un informe para las once. Me llamó por mi apellido, igual que siempre.

A las ocho de la tarde, esa misma noche, me citó otra vez. Esa vez no hubo reglas. Solo una pregunta repetida.

Llevamos cuatro meses así. La empresa va mejor que nunca. Yo también.


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