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Smartphone con audio reproduciendo en mesa de oficina con luz tenue

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Cornudos

El mensaje de mi mujer

Estaba en la oficina cuando sonó el aviso. Era ella. El audio duraba dos minutos y cuarenta y nueve segundos. No estaba sola.

+18 · Lectura adulta

Era jueves, casi mediodía. Yo estaba en una reunión de presupuestos con el departamento financiero, en una sala con luz de fluorescente y café malo. El móvil vibró boca abajo encima de la mesa. Lo giré por inercia y vi su nombre en la pantalla. Laura. Un audio de WhatsApp. Dos minutos y cuarenta y nueve segundos.

Mi mujer no me manda audios largos. Si me escribe en horario laboral suele ser un mensaje breve, dos líneas, lo justo. Que la niña tiene fiebre. Que llega tarde. Que compre pan al volver. Un audio de casi tres minutos, en jueves, a las once y media, era algo que no había pasado nunca.

Pedí permiso para salir un segundo. Me metí en el baño, eché el pestillo y me puse el auricular. Pulsé play.

Lo primero que oí fue su voz susurrada, muy baja, casi al borde del micro. Hola amor, no te oí esta mañana cuando te fuiste. Quería contarte una cosa rara que me ha pasado y no quería escribírtelo. Hasta ahí, todo normal. Pero al fondo del audio, detrás de su voz, había algo que no encajaba: una respiración. No la suya. Otra.

Subí el volumen. Dejé de oír los pasos del pasillo, dejé de oír el aire acondicionado del baño. Toda mi cabeza estaba metida en esos dos minutos.

Laura me contó que se había encontrado en el café de abajo a un antiguo amigo de la universidad. Marcos. Yo me acordaba de él. Lo había visto tres veces en quince años, todas en bodas o cumpleaños. Siempre miraba a Laura un poco más de la cuenta y ella siempre se reía con él un poco más de la cuenta.

Le he subido a casa a tomar un café, decía mi mujer en el audio. Hace una mañana fría y me ha dado pena dejarlo en la calle. Está aquí, sentado en el sofá. Mira, dile hola.

Y entonces oí la voz de Marcos. Tranquilo. Demasiado tranquilo para estar sentado en mi sofá un jueves a las once y media de la mañana. Hola, tío. Cuánto tiempo.

El audio sigue

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El audio continuaba. Laura me explicó, con esa voz baja que siempre me había puesto, que Marcos le había contado que llevaba seis meses divorciado. Que estaba bajo, que había perdido peso. Que cuando habían terminado el café él se había acercado un poco más en el sofá. Que ella no se había apartado.

Te lo cuento porque no quiero que pase nada sin que tú lo sepas, decía mi mujer. Está aquí. Está a un metro de mí. No ha pasado todavía nada, pero si te llamo es porque podría pasar. Y solo pasaría si tú dijeras que sí.

Me senté en la tapa del váter. La cabeza me iba a cien por hora. Por dentro y por fuera. Por dentro porque mi mujer me estaba ofreciendo algo que en quince años no me había ofrecido. Por fuera porque la oficina seguía a quince metros, esperando que yo volviera a hablar de presupuestos.

Le devolví un audio. Diecinueve segundos. Le dije que sí. Que tomara la decisión ella, que yo confiaba en ella, que después me contara lo que quisiera contarme y lo que no me lo guardara.

Volví a la reunión. Aguanté hasta las dos. No miré el móvil. A la una y media vibró otra vez. No miré. A las dos pasé por el ascensor mirando al suelo. Cuando llegué a casa Laura no estaba. Se había llevado al niño a comer fuera, porque era jueves y los jueves siempre comían en casa de su madre.

En el sofá no había rastro. Pero el cojín de la izquierda estaba medio metido entre el reposabrazos y el asiento, como si alguien se hubiera apoyado fuerte en él. Y en la mesa baja había dos tazas de café. Las dos vacías.

Esa noche, cuando vinieron, hicimos como si nada. La acosté con la niña, le dimos la cena, vimos los dibujos. Cuando la niña se durmió, Laura me cogió de la mano y me llevó al dormitorio.

Me lo contó entero. Sin saltarse nada. Tardó cuarenta minutos. Para entonces yo ya había decidido que no era el final de nada. Era el principio de algo distinto.


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