Saltar al contenido
803 577 110
Mujer joven en ropa interior contra pared en pasillo en penumbra

Inicio/Relatos/La vecina del quinto

Amateur

La vecina del quinto

Lleva semanas mirándome cuando coincidimos en el ascensor. Esa noche el wifi no le iba y subí a 'ayudarla'. La puerta no se cerró del todo cuando me la encontré así.

+18 · Lectura adulta

Marta vive en el quinto, justo encima de mi cabeza. Llevamos cinco años cruzándonos en el ascensor con la misma frase de siempre: hola, qué tal, tú dirás cómo está el ático. Hasta que algo cambió en otoño. Empezó a mirar dos segundos más de la cuenta. Y esos dos segundos, en un ascensor de tres plantas, son una eternidad.

La noche en que me llamó al telefonillo eran las once pasadas. Su voz por el portero automático sonaba diferente. Oye, perdona, ¿tú no llevas wifi? Es que el mío lleva una hora sin ir y no sé qué hacer. Subí con una excusa cualquiera y un destornillador en el bolsillo, como si yo supiera arreglar routers.

Me abrió en pijama corto. Una camiseta gris vieja y unos pantalones que terminaban donde empezaba el muslo. Tenía el pelo recogido a medias y los pies descalzos. Cuando se apartó para dejarme pasar, me llegó su olor: champú con algo de vainilla y un fondo de loción corporal.

El piso era idéntico al mío en planta, pero ella lo tenía con luz baja, una vela encendida en la mesa de la cocina y el portátil abierto en una serie pausada. Estaba claro que esa noche no iba a ningún sitio. Y, de algún modo, también estaba claro que no me había llamado solo por el wifi.

Me agaché a mirar el router, que estaba detrás del sofá. Ella se sentó a mi lado en el suelo, las piernas cruzadas. Cuando me incliné hacia el aparato, su rodilla rozó la mía. No la apartó. Yo tampoco.

¿Crees que se arregla? me preguntó, pero no estaba mirando el router. Estaba mirándome la mandíbula. Sonreí sin contestar y le dije que probara a reiniciarlo. Lo desenchufé y nos quedamos en silencio mientras el cacharro se reseteaba. Ese silencio fue lo que cambió todo. No era incómodo. Era denso.

Marta apoyó la mano en el suelo, justo al lado de la mía. Sus dedos casi tocaban los míos. Cuando me giré para mirarla, ella ya me estaba mirando. Llevamos cinco años, dijo en voz baja, como si se le acabara de ocurrir. Cinco años cruzándonos en ese ascensor sin pasar nunca más allá del "hola, qué tal".

¿Tienes una vecina así?

Si en tu vida no hay un quinto piso con una excusa de wifi, marca el 803. Hay voces que saben construir esa misma escena en tiempo real.

803 577 110

Desde 1,21 euros/min · 24 horas, todos los días

La besé porque ella se inclinó primero un par de centímetros, lo justo para que mi reacción fuera evidente. Sabía a té frío y a la serie que había estado viendo. Me agarró la nuca con una mano y dejó la otra sobre mi muslo, sin moverla, como si solo quisiera comprobar que estaba allí.

El router se reinició. La luz verde volvió a parpadear como si nada de eso estuviera pasando. Pero entre los dos había crecido algo que ya no se podía deshacer con un cable.

Nos levantamos del suelo sin hablar. La cocina estaba a tres metros, el sofá a dos, su habitación al fondo del pasillo. Eligió ella. Me cogió de la muñeca y me llevó hacia el sofá, sin prisa, como si llevara semanas decidiendo el camino exacto.

Lo que hicimos en ese sofá no se cuenta con detalle: se cuenta con tiempo. Con cuánto tardó en quitarse la camiseta. Con cuánto duró el primer silencio después de cada beso. Con la respiración suspendida cada vez que su mano subía un poco más por la pernera de mi pantalón.

La vela seguía encendida cuando me fui de su casa. Eran las dos y media de la madrugada. Me despidió en la puerta con la misma camiseta gris vieja que llevaba al abrirme. Esta vez no había vainilla en el aire: había nosotros.

A la mañana siguiente bajé al portal a por el correo y nos cruzamos en el rellano. Ella iba al trabajo. Yo todavía iba en chándal. Hola, qué tal, me dijo. Igual que siempre. Pero al pasar a mi lado me rozó la mano con la suya. Una vez. Sin mirarme.

Ese roce. En un rellano. A las ocho y veinte de la mañana. Vale más que la noche entera del día anterior.


El relato termina, la voz no tiene por qué

Si quieres oír cómo continuaría esa noche, marca y pide una operadora de perfil amateur. La fantasía la construye la voz, no la pantalla.

803 577 110

IVA incluido · 24 horas, todos los días