Conozco a Sandra desde los siete años. Empezamos juntas el colegio y nunca nos separamos del todo. Hicimos juntas el instituto, juntas la universidad, juntas el primer viaje sin padres a Lisboa con dieciocho. Hemos llorado juntas dos rupturas mías y tres suyas. Veinte años. La mitad de nuestras vidas.
Esa noche estábamos en su casa porque ella se acababa de mudar y el suelo del salón seguía lleno de cajas. Pedimos sushi, abrimos una botella de vino blanco y nos sentamos en el sofá a hablar de su nuevo trabajo, de mi soltería crónica y de un tío con el que ella llevaba dos meses sin saber qué hacer.
A la una de la madrugada nos quedaba el segundo vino y un cansancio cómodo. Ella tenía la cabeza apoyada en mi hombro mientras yo le acariciaba el pelo, igual que cuando teníamos dieciséis años y dormíamos en su habitación los viernes. Esa parte no había cambiado nunca.
Lo que cambió fue algo muy pequeño. Levantó la cabeza para mirarme y se quedó así, a quince centímetros. No se apartó. Llevo toda la noche pensando una cosa, me dijo. Su voz sonaba diferente. Bajita. Y no sé si soy capaz de decírtela.
La conozco demasiado para no saber qué venía. Lo había pensado yo también, alguna vez, en algún momento de los últimos veinte años. Pero siempre lo había dejado pasar. Sandra era mi mejor amiga. Ese era un terreno que tenía un cartel mental enorme que decía NO ENTRAR.
Esa noche, sin embargo, el vino, el cansancio, la mudanza y los veinte años de hombro contra hombro me hicieron quitar el cartel.
Dilo, le contesté. Y lo dijo. Me dijo que llevaba más de un año pensando en mí de otra manera. Que no era una crisis. Que no era un capricho. Que llevaba un año entero buscando el momento de decírmelo y que esa noche, en el sofá nuevo, con la cabeza apoyada en mi hombro como siempre, había sentido que ya no podía aguantar más sin probar.
El primer beso entre amigas
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No la besé yo. Me besó ella. Despacio. Como si llevara años ensayando ese movimiento exacto. Sus labios eran más blandos de lo que yo había imaginado las pocas veces en que había imaginado aquello. Sabía a vino blanco y a un brillo de labios que no era mi marca.
Me aparté lo justo para mirarla a los ojos. Estaban brillantes. Asustados, también. Le dije otra vez. Me besó otra vez. Y otra. Y la cuarta vez ya estábamos las dos riéndonos como tontas de quince años en mitad del beso.
La risa fue lo que rompió el miedo. Después de eso ya no había decisión que tomar. La cosa salió sola.
Esa noche dormimos en la cama nueva, sin poner las sábanas definitivas, con un cobertor que olía a tienda. No fue la noche de mi vida en cuanto a técnica: ninguna de las dos sabía qué hacer con la otra. Pero fue, de lejos, la noche con más cariño que recuerdo. Cada gesto venía precedido por veinte años de amistad. Cada caricia tenía detrás un viaje a Lisboa, una ruptura, una cena de Navidad, una llamada a las cuatro de la mañana llorando.
Por la mañana ninguna de las dos sabía qué decir. Hicimos café en silencio. Pusimos tostadas. Comimos sentadas en la encimera, mirando la calle por la ventana de la cocina. A los diez minutos ella se rio sola y dijo: somos idiotas. Hemos perdido veinte años.
Llevamos seis meses juntas. Sigo siendo su mejor amiga. Eso no se ha quitado. Pero le ha crecido encima otra capa que llevaba mucho tiempo esperando.
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