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Mesa de estudio con libros y mujer joven con falda en penumbra cálida

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Sumisas

El profesor particular

Le dije que necesitaba clases para el examen. Las dos primeras fueron de matemáticas. A la tercera me preguntó si era buena alumna o si necesitaba castigo.

+18 · Lectura adulta

El examen era a finales de junio. Yo iba a quedarme en septiembre fijo si nadie me ayudaba con cálculo. Mi padre llamó a un antiguo profesor suyo, un hombre que ya estaba jubilado de la universidad y daba clases sueltas en su casa. Yo tenía veintidós años, llevaba dos años en la carrera y empezaba a tomarme en serio que se me daba mal lo que se me daba mal.

La primera clase fue un sábado por la mañana. Su casa era un piso antiguo, en una calle interior, con una biblioteca que ocupaba dos paredes enteras del salón. Olía a libro viejo y a café recién hecho. Él tenía cincuenta y ocho años, llevaba un jersey de cuello alto gris y unas gafas que se ponía y se quitaba sin parar.

Esa primera clase fue de matemáticas. Punto. Me explicó las integrales por partes con una paciencia que mis profesores de la facultad no habían tenido nunca. Me trató de usted la primera media hora y de tú a partir del primer error que cometí. Salí de su casa pensando que iba a aprobar.

La segunda clase también fue de matemáticas. Otro sábado. Esta vez me ofreció café y una pieza de fruta. Hablamos veinte minutos de la asignatura, hicimos dos ejercicios y luego él se quedó callado mirándome unos segundos. Me preguntó por qué estudiaba esa carrera. Le dije la verdad. Me dijo que se notaba que no me gustaba.

Llegué a la tercera clase con una falda. No fue casualidad. La falda era una falda de las que tenía en el armario sin usar desde hacía dos años. Esa mañana, al vestirme, la vi colgada y me la puse sin pensarlo demasiado. Era una falda corta. Llevaba medias debajo. Cuando salí de casa todavía no sabía qué iba a hacer con ella.

Él lo notó. No mucho. Dos segundos al abrirme la puerta. La mirada se le fue por debajo del jersey de cuello alto. Volvió a la cara. Me invitó a pasar.

La clase empezó normal. A los veinticinco minutos le pasé un ejercicio mal hecho. Lo había hecho mal a propósito, aunque eso no me lo acabé de admitir hasta semanas después. Él lo miró, me lo devolvió y me dijo, sin dejar de mirarme a los ojos esto está mal y tú lo sabías.

Asentí en silencio. Él se quedó callado más tiempo del normal. Luego me preguntó: ¿eres buena alumna o necesitas castigo?

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Tardé varios segundos en contestar. La pregunta se podía desactivar. Bastaba con reírse, con mirar para otro lado, con decir que no entendía a qué se refería. La pregunta también se podía aceptar. Yo sabía qué pasaba si la aceptaba.

Le dije que necesitaba castigo. Lo dije muy bajo. Él no se movió de su sillón. Solo se quitó las gafas y las dejó sobre el libro abierto. Bien, dijo. Empezamos hoy. Pero las reglas las pongo yo.

Las reglas eran simples. Nada salía de su salón. Nadie de fuera se enteraba. Si en algún momento yo quería parar, decía aprobado y todo se desactivaba. Tres minutos de conversación tranquila para acordar las reglas y a partir de ahí, cambio de tono.

Esa tarde no pasó nada físico de lo que después se hablaría en una conversación complicada con sus hijos. Pasó una cosa distinta: pasó protocolo. Me levantó del sofá y me llevó al despacho. Me puso de pie frente a la mesa. Me hizo sostener un libro con las dos manos durante diez minutos en silencio mientras él corregía exámenes de otra alumna. Diez minutos exactos. Luego me preguntó qué había aprendido.

Le dije que nada. Él me dijo que esa era la respuesta correcta. Que el castigo no era enseñar nada. Que el castigo era reconocer que había hecho mal el ejercicio cuando podía haberlo hecho bien.

Salí de su casa a la una y media de la tarde. Me costó dormir esa noche. Por la cabeza me pasaba el detalle de las reglas, el ritmo de su voz, la forma en que había manejado los silencios. También me pasaba la pregunta exacta que me había hecho: ¿eres buena alumna o necesitas castigo?

Aprobé en junio. Volví a su casa cuatro veces más antes del examen. Las matemáticas mejoraron. Lo otro también. Hace siete meses de eso. Sigo yendo cada quince días, ya no a corregir ejercicios sino a corregir otra cosa. Las reglas siguen siendo las mismas.


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