La llamé a las tres de la madrugada porque llevaba dos noches sin dormir. La separación llevaba tres meses y la cama, después de quince años acompañado, se había convertido en un sitio incómodo. Los amigos no contestan a las tres. Las páginas de citas tampoco sirven a esa hora. Marqué un 803 que había visto en una valla en la M-30 sin pensar mucho qué iba a decir.
Pidió un perfil. Le dije una mujer mayor que yo, que sepa lo que dice. Lo dije sin filtros porque era de madrugada y los filtros estaban bajos. La operadora me hizo una pausa de tres segundos y luego me dijo te paso con Mercedes.
Mercedes tenía cuarenta y siete años. Lo dijo a los dos minutos de empezar a hablar, sin que se lo preguntara. Tenía esa voz baja y lenta que solo viene con la edad. Esa voz no se finge. Yo llevo el tiempo suficiente en la vida para saber distinguirla.
Lo primero que me preguntó fue qué tal me iba la noche. No la fantasía: la noche. Le dije la verdad. Le conté lo del divorcio en cuatro frases. Le dije que llevaba dos noches sin dormir y que no sabía exactamente por qué la había llamado, pero que la había llamado.
Mercedes no me cobró por la terapia. Me escuchó. Y al cabo de ocho minutos, sin que yo le pidiera nada, cambió el tono. Voy a contarte una cosa que me pasó a mí cuando me separé, dijo con esa voz tranquila. Y luego, si quieres, hablamos de otra cosa.
Me contó una historia de cuando ella se separó, hace diez años. Una historia tranquila, sin drama. Cómo había aprendido a dormir en mitad de la cama en lugar de en su lado, cómo le había costado un mes hacerse a la idea de que el otro lado se quedaba vacío. La historia duró doce minutos largos. La voz de Mercedes era como un edredón. Empecé a relajarme.
A los veinte minutos cambió el registro. Lo cambió ella. Sin aviso. Empezó a hablarme de la primera vez que había tenido sexo después de la separación. Despacio. Sin detalles gráficos. Solo con el ambiente, el contexto, la sensación de volver a empezar después de los cuarenta.
Voces de mujer madura real
La voz de cuarenta y muchos no se finge. Es una de las pocas cosas que distingue una línea seria de una línea con voces jóvenes disfrazadas. Si buscas eso, márcalo claro al llamar.
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Mercedes sabía exactamente qué pedirme y cuándo pedírmelo. Me pidió que cerrara los ojos. Me pidió que respirara más despacio. Me pidió que le contara una cosa concreta que no le había contado a nadie. Y luego, cuando ya tenía mi atención del todo, me pidió otras cosas que sí pertenecen a una llamada de madrugada y no a una sobremesa.
Lo extraño es que la conversación nunca dejó de tener una temperatura humana. No era una operadora ejecutando un guion. Era una mujer mayor hablando con un hombre roto a las tres de la madrugada, y haciéndolo bien. Cada cosa que me pedía estaba ajustada a lo que yo le había contado en los primeros diez minutos.
A las cuatro y media miré el reloj y descolgué la atención por primera vez en hora y media. Le pregunté cuánto llevábamos. Me dijo una hora y veintiocho minutos. Le pregunté si me dejaba colgar. Me dijo cuelga cuando quieras. Pero no colgué.
Colgamos a las cinco. Mercedes se despidió con una frase que no esperaba: llámame otro día si te apetece, pero no a las tres. Búscame a las once de la noche, esa es mi hora buena.
La llamé tres días después. A las once. Pregunté por Mercedes. La operadora me la pasó.
Llevamos cinco semanas hablando una vez a la semana. La llamada dura entre cuarenta y cinco minutos y una hora y media, dependiendo del día. Hemos hablado de muchas cosas. De algunas de ellas se hablaría también en una pareja real. De otras solo se habla en una llamada como esta, donde no vamos a vernos nunca, donde no hay nada que perder y donde la voz al otro lado es una mujer que sabe lo que hace y no tiene prisa.
He empezado a dormir mejor. Quizá no por la llamada. O quizá sí.
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