Yo había bajado al bar del hotel solo a tomar una caña antes de subir a la habitación. Había estado todo el día encerrado en una sala de un congreso aburrido en la Castellana, con el aire acondicionado a tope y café malo. La idea era una caña, picar algo y dormir pronto. Eran las once de un martes.
Ella estaba sentada en el extremo de la barra. Sola. Llevaba un vestido azul oscuro y el pelo castaño suelto. Tenía un bolso pequeño encima de la barra y un libro abierto al lado de la copa de vino. La barra estaba prácticamente vacía: solo estábamos los dos y el camarero secando vasos al fondo.
Pedí mi caña y, al sentarme, miré sin querer el lomo del libro. Era una novela colombiana que yo había leído tres años antes. Le dije, sin pensarlo: esa es buena. La descubrí por casualidad.
Levantó la cabeza. Tenía los ojos verdes. Acento de Cali tan marcado que lo reconocí en la primera frase. ¿Sí? La estoy empezando. Llevo dos páginas y ya me ha enganchado.
Hablamos veinte minutos del libro. Después hablamos del autor. Después de Bogotá, de Madrid, de por qué ella estaba en este hotel. Era empleada de una empresa colombiana que la había mandado tres días para una formación. Llevaba dos noches sola en la ciudad, había salido a cenar el primer día y había decidido que el segundo día se quedaba en el hotel a leer.
Lo decía con una mezcla de cansancio y curiosidad. Como si en el fondo no quisiera quedarse en el hotel a leer pero todavía no hubiera decidido qué otra cosa hacer.
Le dije, medio en broma, que Madrid de noche es otra ciudad distinta a Madrid de día y que el hotel era el peor sitio para conocerla. Sonrió. Cerró el libro. Llevas razón, dijo. ¿Tú qué propones?
No proponía nada concreto. Pero a esas alturas, los dos lo sabíamos: el bar del hotel era una excusa. Pedimos otra copa. Después otra. A las doce y media le dije que en el centro había una azotea con vistas que se llenaba sobre todo de gente extranjera, donde podíamos ir a tomar la última.
Cogimos un taxi. La azotea estaba cerrada. El plan B fue una cervecería pequeña en una calle interior, con apenas cinco mesas, donde nos quedamos hasta las dos.
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Volvimos al hotel andando. Madrid en noche de martes está tranquilo. Las farolas de la Gran Vía iluminaban las baldosas mojadas porque había llovido un poco mientras nosotros estábamos dentro. Ella se había quitado los zapatos y los llevaba en la mano. Yo le había prestado mi americana.
En el ascensor del hotel pulsamos los dos pisos a la vez. Estábamos en plantas distintas. Cuando paró en el suyo se quedó parada en la puerta y me miró sin decir nada. Yo tampoco dije nada. Le di un beso. No lento. Tampoco rápido. El justo para una primera vez con alguien que has conocido hace tres horas.
Bajé en su planta. Me llevó a su habitación. Tenía la lámpara de la mesilla encendida y la maleta abierta encima de un sillón. La habitación olía a su champú y a algo dulce que tenía en el bolso, o quizá a las dos cosas a la vez.
La voz en la cama es lo que más recuerdo. Su voz hablándome en español de Cali, despacio, con palabras que en Madrid no se dicen. Me decía cosas que en Madrid sonarían cursis y que en su acento sonaban perfectamente naturales. Lo que duró aquella noche no se puede transcribir literal: era cuestión de cadencia, no de contenido.
Por la mañana se levantó la primera. Tenía formación a las ocho y media. Se duchó, se vistió y, antes de irse, me dejó un post-it pegado en el espejo del cuarto de baño con su nombre y un correo. Si vuelvo a Madrid, escribe primero, decía en su letra redonda.
He vuelto a Madrid tres veces desde entonces. Le he escrito siempre. Dos de esas tres veces ella ha podido. Vamos a un hotel diferente cada vez.
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