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Tres figuras en cama de ático con vistas al cielo nocturno, sábanas blancas
Tríos · Explícito

Sesión a tres bandas en el ático

Subimos al ático a las dos de la madrugada. Ella había avisado a su amiga. Cuando abrió la puerta llevaba puesto solo el reloj. Aviso: explícito.

Aviso: este relato contiene escenas explícitas. Si prefieres lecturas más sugerentes que descriptivas, hay otras en la sección de relatos. Si has llegado hasta aquí buscando esto, sigue leyendo.

Subimos al ático a las dos de la madrugada. Ella había avisado a su amiga durante la cena, sin que yo lo supiera. Lo entendí cuando vi en su móvil, por encima del hombro mientras buscaba algo, un mensaje que decía “sube en una hora, está caliente”. No le dije nada. Le pregunté si quería otra copa.

El ático era el suyo. Pequeño, con una pared entera de cristal hacia el cielo de Madrid. Cuando entramos, la otra ya estaba allí. Llevaba puesto solo un reloj. No nos saludó con un “hola”, nos saludó cogiendo a Marta por la nuca y besándola contra la puerta cerrada antes de que yo hubiera dejado las llaves.

Me quedé donde estaba. No creo que me hubieran dicho nunca que me sentara, pero entendí que mi sitio en los próximos cinco minutos era ese: pegado a la pared, mirando, sin decir nada. Marta me lanzó la mirada por encima del hombro de la otra y supe lo que tenía que entender: esto va a ir despacio y tú vas a esperar.

El primer acto

La otra se llamaba Bea. Lo supe a las dos horas porque hasta entonces no me dijeron su nombre. Tenía treinta y poco, el pelo corto, hombros pecosos. Le quitó la camiseta a Marta sin dejar de mirarme y luego, cuando la blusa cayó al suelo, sí me miró. No me sonrió. Me dijo: “quítate los zapatos”. Y yo me los quité.

Cuando se desvistieron del todo no fue rápido. Bea sabía exactamente lo que hacía. Marta no. Eso era lo que me ponía hasta el dolor: ver a mi mujer de toda la vida descubrir cosas en directo delante de mí. Bea le dijo dónde poner las manos, dónde poner la boca. Marta hizo lo que le decía y a los cinco minutos ya no necesitaba que se lo dijera.

El sofá del ático

Pasamos al sofá. Yo seguía sin tener permiso para acercarme, así que lo entendí solo cuando Bea me hizo un gesto con dos dedos que no daba lugar a duda. Me senté en el suelo, justo enfrente. Lo que tenía a un metro de la cara durante la siguiente media hora no lo había visto en mi vida y dudo que lo vuelva a ver.

Marta gemía con la boca abierta hacia el techo, con esa cara que pone cuando se le va la cabeza, y Bea le hablaba al oído mientras la trabajaba con la mano. Marta me miraba a ratos, sonriéndome despacio, como diciéndome “esto es para ti, mírame bien”. Y yo la miraba bien. Bea me preguntaba sin dejar de hacer lo que hacía: “¿te gusta así? ¿la quieres más callada o más ruidosa?”. Yo contestaba con la cabeza.

Cuando me invitaron a entrar

Me dejaron entrar a las cuatro y media. Para entonces yo estaba tan caliente que casi no podía moverme. Marta me cogió de la mano y me llevó al dormitorio. Bea no vino. “Termínalo tú”, le dijo desde el sofá, todavía sentada con la copa en la mano. “Yo me quedo mirando”.

Lo que pasó en el dormitorio fue lo que pasa entre Marta y yo, pero mucho más fuerte. Ella tenía dentro lo que Bea le había hecho durante hora y media y eso lo cambió todo. Cuando terminé, ella todavía tenía cosas que terminar. La acabó Bea, desde la puerta, con la voz, sin tocarla.

Lo que me quedé pensando

Bea se fue a las seis. Antes de irse pasó por delante de mí y me dijo: “tu mujer aprende rápido. Mejórate tú”. Y se fue. No volví a verla. Cuando le pregunté a Marta tres semanas después si quería repetirlo me dijo que sí, pero que esta vez mejor en una habitación de hotel. “En mi casa”, me dijo, “quiero llegar yo preparada”.

Llevamos ya cuatro encuentros. Con Bea no hemos vuelto. Con otras sí. Lo que aprendí esa primera noche en su ático lo sigo sacando cada vez. Y lo que más me sigue calentando, sigo sin saber por qué, es la frase que me dijo: “Tu mujer aprende rápido. Mejórate tú”. La oigo todavía.

Si tú llamas al 803 con esta fantasía dentro de la cabeza, mi consejo es que no la cuentes entera al principio. Deja que la operadora te la saque. Andrea y Daniela son las que mejor manejan esto. Sevillana y brasileña, las dos saben llevar a tres voces a la vez aunque solo haya dos teléfonos. Marca el 803 577 110.

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